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lunes, 30 de junio de 2014

DOS TRADUCCIONES por Alessandro Atanes





















Alessandro Atannes (Santos, Brasil, 1973). Periodista y ensayista. Maestro en Historia Social. Autor del libro: Esquinas do Mundo: Ensaios sobre História e Literatura a partir do Porto do Santos. Traductor responsable por la versión en portugués de Óscar Limache y Javier Heraud, poetas peruanos publicados en Brasil por el sello editorial Cartonera Sereia Ca(n)tadora.



POEMA PARA LUZ DIURNA

O que mantenho no olho desperto
é um fio de luz diurna,
a mesma que desperta em minhas têmporas
e faz surgir a palavra em redomoinhos.

É a mudança do pó cego até a luz
a conversão da sombra em lucidez da fala.

Sem fala, mudo na insistência, atravesso seus limites:
norte-sul
dimensões:
altura x largura.

Longitudes abismais do retalho,
fragmento do mundo.

Desperto me lanço.

E do visto, é o aprovado
gravando cores na casca da lembrança,
sobre um suporte onde criador e mãos
assinalaram com pontas de pincel
a transparência de uma piscada elétrica
de luzes acordadas, recordadas
como um punhado de pó lançado ao ar
envenenando o ar de cores.

Esta tela tem manchas,
uma linhada de existências,
um palpitar revolto na água
e um ar de objeto alcançado.

Por mais escuridão que vejas
leva por dentro a luz secreta,
entremeada a carne aguda
quando a altas horas bateu à porta
a coincidência de escrever,
pintar o mundo,
armar o mundo,
sitiá-lo inteiro em um quebra-cabeças,
por nome nas pálpebras caladas de mil crostas de desvelo
de cada uma das arestas da noite pendem etiquetas, fios, humores e suor.

Do combatente é a ordem e o reparo.

Este entremeado me cruza o sangue.

Antes cruzou rios
quando saltou de um papel para as veias
e delas para os ângulos albinos do quadrante.

O traço convertido em palavra,
abre palavras com a consistência do brilho mais puro
botões que quiseram acordar no lume
ser pós-moderno no acrílico
ser na pintura
e estourar até se tornar carne, muro, parede
uma explosão áurea
a partir do centro até calar os limites
por onde resiste-se a sair como uma cascata
vir até ti, abstrata na matéria.

Na pulsão do primeiro criador na rocha, existe um nome:
nome da cor mais cinza, azul, sábia de cores
os mais enfeitiçados unguentos para assediar a eternidade.


BALSA

I
Não chove... ninguém escuta o batimento que treme
desprendido de uma raiz profunda
Ninguém escuta um estertor de vozes, uma oração filtrada
como água desgarrando da rocha
Abaixo a memória foi substituída
abaixo tiritam os ossos
O núcleo que prediz o fim é uma chama
uma couraça partida; o fogo do princípio
é o retorno ao fim
Escrito no ar, um balbucio disperso foi mais um redemoinho
que uma couraça coberta de pó
Couraça nas trevas, não emite um rugido
que enche a boca de apoios para um canto
no dia em que terá cicatrizado por dentro
Algo nomeio apenas com uma aresta do silêncio
algo me assegura que minhas palavras partidas
não penderão do fio eterno
Me abrirei à consistência do perdido
da fumaça negra de que desprende a cinza
Atravessada estará a resposta, longe de banhar com a luz
as costas dos astros
longe de sacudir a poeira encapsulada
que não foi orvalho na manhã
Longe de continuar a marcha
a inesgotável marcha
pela periferia do naufrágio
Um tremor me deixa fissuras, abandona os indícios do pulso vivo
me submerge na mais caudalosa tempestade
as vozes que não digo habitam sob a terra

A balsa abriu as passagens, as enormes asas transparentes
Em nome da salvação
deixou a margem e uma coroa de espuma
extensas redes na borda da intempérie

Uma balsa
no nome da tempestade
arrastou para a corrente
ervas daninhas de movimentos, vozes trepadas
umas nas outras como um rugido coletivo
como um vulcão que se vê à distância de seu horizonte
com sua lava secreta apenas orvalhando a vista
Foi débil o pedaço de madeira
esperou anular a esperança
em um porto de luzes cegas.

II
Os desterrados falam e emudecem
agora: a proximidade do ar lhes revela
a exalação que emitem as entranhas
Uma boca aberta desde a primeira luz do olho
foi um primeiro grito, depois um tremor de palavras
exalação de cansaço como uma chuva insistente
O final que as bocas emitem selam os poros da terra
O cansaço como uma chuva
sobre o asfalto
Caminhará por horas em círculos concêntricos
apenas para topar com a meta atingida.

miércoles, 11 de junio de 2014

AL TERCER DÍA

                                                          (Poema visual, fotografía: Víctor Argüelles)

Una silla, una faz. Un ruiseñor
entabla diálogos monocordes,
pocos escuchan, y sonríes.
Rio por dentro, y las ventanas
nos dan señales de luz acaecida en los relojes.
Mi poema silencioso lleva ríos,
líquidos ramajes de una eufonía que nos contiene.
Mi río por dentro se llama Poema.
Y es tu primer día,
y mi tercer rodar desde un límite incandescente
donde mi aguja se amanece sola.
Al tercer día se hizo el canto del poeta.
al tercer día nos encaramos:     
Tú, península,
yo estuario.            
Y apareciste preguntón
“¿Estoy en el lugar adecuado?”, “¿es aquí…?”
Dije sí, y para ese tiempo no sabía…
nada sospechaba al borde de una flama en el centro.
Era yo, apacible con mi solapa y el lomo llagado de mi libro,
y mis diez céntimos para el regreso.
Y eras tú, venidero del sonido donde mueres
con tanta paz aferrada a tu frente
a tu sien marcada de atavismos,
y aún no era nadie
y tú, nadie, y aquél, nadie.
Y todos nos mirábamos
y nadie interrumpía al rubio ruiseñor con su diálogo vacío.
Ahora…, hace un año, y eres del "ahí", de ese "ahí"
que no se muere nunca,
ese lugar donde llegamos a curtirnos de rapsodias
y no sabía para entonces
de la entidad secreta que rige a los poemas:
un yo, un tú… un yo poeta.
Y no sabía la rima interna que habría de llevar tu nombre,  
torrente sanguíneo arremolinando su cauce en el costado;
y no sabía…, y no sabías…
Ahora estos pétalos caen
y alguien escribe a medianoche, y escucha
famélicos destellos de un  jazz pausado con timbales,
marisma de voces en botellas aguamarinas
y marimbas en suspenso.
No sabía para ese entonces lo que alcanzarías a ser
en páginas blancas del monitor:
ritmo y más ritmo, vacío, y blanco silencio.
Y no eres..., y no estás.
y eres: año en su giro cerrado,
recordatorio que fui yo, el primero
en toparse con mares deletreados de tu arribo.
Me pregunto si alguien te vio desempacando tu orfandad,
tus libros y canción norteña,
me pregunto si fui yo, que se topó con la ondulación
de tu paso en una esquina, antes, mucho antes
de tu aparición en la factoría para labrar palabras.
Y ahora eres: año crecido en el centro que me perfora las emociones;
revoltijo de papeles, y un incendio,
un año, una escalera interminable,
un paso sin detenerse,
un río prolongado,
un brazo,
una península de sal.
Y eres…
Amor que no me nombra,
que aparece un día en otro territorio
porque eres de ella y de allá
de esa paz longeva del nacimiento
porque eres de ella y de allá:
Amor que no me nombras.

sábado, 31 de mayo de 2014

Un poema de José Carlos Becerra

El azar de las perforaciones

Puse las manos donde mis guantes querían,
puse el rostro donde mi antifaz podía revelármelo;
mi única hazaña ha sido no ser verdadero, mentir con la conciencia de que digo la verdad,
mirar sin aspavientos mi existencia, desfigurada por lo que la hace vivir,
rodeada por lo que tiene de centro, de membrana interior.

He utilizado la palabra amor como un bisturí,
y después he contemplado esa cicatriz verdosa que queda en lo amado y en el amante,
y esa cicatriz verdosa brilla también en estas palabras,
y en mi mirada también pueden sentirse los bordes carnosos y finos
de esa cicatriz, de esa estrella sin fuego.

La noche ha pasado hacia el mar,
ha pasado llevándose mis antiguas estatuas,
y yo vi cómo borraba también el burbujeante silencio de los conspiradores,
de los héroes que extraviaron su heroísmo al nacer, al ser héroes por primera o por última vez.
La noche se desliza entre los barcos anclados,
y el gran velo del trópico, como un cuerpo a la deriva, cae sobre nosotros;
cae con lentas oleadas de insectos, y el calor es una lengua obscena
que lame por igual los cuerpos de los vivos y de los muertos.

Vuela la noche sobre el mar y del mar regresan los últimos pájaros,
la luz de los faros se unta a la dureza de esas aguas oscuras, se extiende sobre ese ritmo arrebatado a otra vida,
y con un movimiento impreciso, el sueño de la tierra
levanta los remos.

¿Dónde podría yo estar diciendo la verdad?
¿De qué antifaz arrancaría yo mi rostro para probar el dolor de mi mentira?
¿De qué rostro arrancaría yo mi antifaz para probar la tela de mi vida,
la gran envoltura de lo que me rodea?
Pero la vida es la gran respiración de la muerte,
el ruido de las pisadas de nuestras propias hormigas.

Se hunde la noche en los rostros y en las palabras,
el trópico extiende sus calientes y húmedas mantas sobre mi corazón.,
y una respiración pausada de agua podrida, una fresca dulzura de sapos, envuelve a las cosas.
Y es el vaho de la piedad, la gran religión del desacuerdo con el amor y con las macizas exploraciones del odio,
lo que enciende sus lámparas veladas, sus frases veladas, sus caricias veladas.

Y yo toco aquello que tal vez me corresponde, que tal vez me alimenta, que tal vez me devora;
yo palpo la dureza y la blandura de mi alma, no con mis manos
sino con mis guantes; mis falanges de cuero, mis uñas de gamuza exploran la verdad
como una apariencia temporal de la mentira, y exploran la mentira como un túnel
por donde hacemos pasar la verdad.
Todo yo me sorprendo, todo yo me designo;
este descubrimiento es ventajoso, mis manos no existen, existen mis guantes,
las aguas de la Historia me llegan a los labios, me suben a los ojos,
son el caldo de cultivo apropiado para interrogar dentro de él a Dios,
la bañera donde los enfermos cabecean confundidos con su enfermedad,
donde los héroes respiran dolorosamente confundidos con sus estatuas.

Mis guantes exploran mis manos,
en la humedad del trópico exploran la sequía deslumbrante del desierto,
palpan los grandes glaciares entrando en el océano con la serenidad de las grandes catástrofes.
Las hojas podridas se enternecen con esta exploración, los mosquitos escoltan el anochecer,
la realidad se desviste en sus lámparas.

La noche baja al mar, en los manglares de detiene la luna,
¿quién oye ese rumor de insectos en la caliente y húmeda noche?
¿Quién oye ese rumor de cuerpos encontrados en la memoria, en el sudor del alma, en el chasquido de la nada?

Esta indagación sólo podrá ser realizada por el artificio,
el antifaz irá trasplantando el rostro, los guantes tendrán a su cargo la creación de las manos,
la mentira abrirá un túnel bajo lo que llamamos real, pondrá en entredicho la dureza de ese piso.
Sólo así mi tacto será más vivo,
y mi respiración dará menos vueltas para encontrarse con mi alma,
o con aquello que pregunta por mí, si es que algo pregunta por mí.

¿Quién escucha este zumbido de insectos en la caliente y húmeda noche?
También la luz de los faros ha sido contagiada por el rumor inarticulado de esas aguas, por lo corrosivo de ese movimiento.
Pero hay un rumor de remos, hay un rumor de remos;
debemos escucharlo con atención.

viernes, 23 de mayo de 2014

TRES POEMAS DE SERGIO MONDRAGÓN


Insomnio

la hora negra abre la boca
el tic tac de la carne crepita en la almohada

rostros desfilan monocordes y lentos
recuerdos humedecidos por los años
fermentados por las lluvias de innumerables veranos
voces vencidas por la memoria
ciudades aeropuertos despedidas
                                    anclados en la niebla

la caravana
avanza contra la tormenta
búhos en sus nichos de roca
niegan lentamente con la cabeza balanceando
sus largas cabelleras
cuerpos canciones cementerios
                                arrastrados por el viento

el musgo del deseo el rumor de la rata
crujen en la sombra
el peso de la noche rompe la rama
el reloj cae sin fin

estiro la mano palpo la cama enorme
estoy con los ojos inmensamente abiertos
relumbrando en la noche


Laberinto

no basta
mirar
es necesario poner en movimiento
los sueños del caballo de mar
de la memoria
los suntuosos palacios
soñados esta madrugada
no basta
escribir el poema
es necesario zambullirse en la concentración
del barrer
del amar del mirar el cuerpo de una hormiga
es posible entonces echar a correr
de cara hacia el misterio
contenido
en una taza de té
el poema se organiza luego
la máquina se para
y el paisaje comienza a cantar
se desliza la mano sobre el lomo del viento
un nuevo grito en el bosque se inaugura
un nuevo canto gotea hacia el asfalto
mi perro reza de rodillas
mi molinillo de oraciones trepida en el aire
ya todo es una feria volteada de cabeza
como una virgen perseguida en los pasillo del laberinto
el místico laberinto
de una vara y una caja de laca
en la que guardo mi poema
lo doblo
y lo coloco en los estantes de la cabeza
mientras sales a la calle
y andas como entre el recuerdo del poema que tramas
mientras te repites
no basta mirar
es necesario


Domingo

domingo por la mañana
día de libertad
pasan los globos de colores
oigo voces alegres a mis espalda
voces ataviadas de fiesta
domingo
día de lectura
día de rondas y de flores
día de búsqueda por el desván
día de bodas entre mi mano derecha
y mi pie izquierdo
día de podar los pinos del jardín
día de contar historias a los niños
pasan mis vecinos
van a su placeres a los montes
a sus panes en los parques
a sus picnics sobre el pasto
domingo      domingo
tu sol ya está alto
tus pájaros están de viaje
tu viento silba cargado de nostalgia
en una atmósfera de plomo
domingo
pasa la carroza del fastidio
por la calle
y todos mis vecinos se trepan a ella
con la sonrisa en los labios



(De El aprendiz de brujo, Lecturas Mexicanas, SEP, México, 1986)

                   (Palacio de Bellas Artes, 2010. Foto: Mijail Lamas)
                                                                

martes, 8 de abril de 2014

TRES POEMAS

                                     Ilustración: Víctor Argüelles

Ceniza

Transida y fría. Parda la libélula, delibera su anatomía de exquisita sombra transparente. Robusta parece fenecer, robusta hace girar su parpadeo en un dos por dos al instante sorpresivo de su una aleta. Aleteos de parvadas mariposas. ¿Qué será…, qué fue en su funesta vida de pasado giratorio? Vuelo y vuela. Y vuelvo a ser de ti, papalota nocturna de mi parque y vuelvo a ser de ti, un deseoso por llevarte como una conspiración brava de luciérnaga en el ojo, tras los parpados. En oscuro lapso de aguijón del paladar para escribirte mi sabor de amargo, enfermo de vida, pues mi muerte la llevas tras de ti cuando parada en mi ventana la esperanza se hace un puñado de ceniza. 


El sueño 

El escribiente lleva por delante una nube cargada de explosivos, palabras; todas cubiertas de frío, un escudo para no ser atravesado por las horas inexactas, estéril guiño de la herida de la noche. Lleva el aguijón urgente en la punta; no de veneno, de prisa por estamparse en el paraíso de la letra. Llueve, el poeta llueve dentro de sí, y para no mojarse se ha inventado una sombra de árbol, donde pájaros eléctricos cagan en su hombro; en su cesto de poemas rotos hay fotografías de memoria reveladas en B y N. Llueve, en la casa he dejado mis retazos, un mar se ensancha y pretende tragarme. Cierro los parpados y soy devorado por el sueño.


Espejo de tu cicatriz

Si es sólo un espejismo. Prolongada cicatriz de ti nocturna, Ágata púrpura bañada en el mejor de los brillos lacerantes, que un día invoca en sus luces residuales. Tú disfrazas y ocultas en un velamen tu principio matinal de selva acalorada. Tú deshaces a contrapelo mi caricia ofrecida al mejor astro de afelpado tacto. Ocultas de mí, la luz cubierta de tu musgo acalorado, selva vientre, vientre de terciopelo. Qué más tuerto corazón que el ojo repite hasta el cansancio. Si es tu pálpito muchedumbre de blasfemia, rota irías por una avenida cruzada, entrecruzada de piernas. Rota como una pústula abreviatura de la leña, Rota en sedienta forma de morir agazapada de quimera. 
Me hundes en el párpado, tú: prolongada. Abisma en el mejor de los conductos.



Publicados en la Revista El Universo del Búho. Año 2010.

jueves, 13 de marzo de 2014

Poemas de Eduardo Chirinos



Eduardo Chirinos (Lima, Perú, 1960)


Poema de amor con rostro oscuro

[1]
cómo llamar este poema lo llamaré fluir de aposentos
lo llamaré estrépito de frondas poema de amor con rostro
oscuro hermoso título alguien no sé quién me dice cuídate
de los significados no busques verdad detrás de la belleza
aprende a respirar con la mirada en una galería de arte
una mujer de ojos tristes devora ratas devora picassos
duerme en cuartos de hospital escucha esta historia érase
una vez una princesa bah la muerte no tardará en aparecer
la muerte sus ojos azules sobre mi plato vacío

[2]
nunca sabrá quién soy es ciega y aborrece las miradas
le ofrezco una hoguera un puñado de nieve le ofrezco
una rosa cortada ¿ahora de qué hablamos? hablemos
del cielo hablemos del miedo esta noche habrá tormenta
mejor caer y nunca levantarse cómo le pregunto
y desaparece no sé si volverá sin embargo espero
con mi diente de leche con mi vieja colección
de estampillas con mi hoja de afeitar y un espejo
de noche viene me susurra al oído eres único me dice
en un millón de años sabré su verdadero nombre
su rostro oscuro pleno de cielo pleno de miedo

[3]
¿por qué escribo esto? pupila incandescente soy un cisne
sueño morir en tu sueño en una caja donde arda el infierno
donde todo enceguezca la tormenta nada dice es muda
debiste haberme mirado aquella vez los viñedos
florecían las vacas pastaban yo era feliz tú eras feliz
la transparencia del enigma entibiaba el café la disección
del mito la muerte de cualquier teoría soy un cisne
mi sueño es morir en tu sueño ¿por qué no me miraste?

[4]
los estudiantes preguntaron el significado del dolor
con una hoja de afeitar le corté el dedo a una muñeca
no hubo sangre no hubo parpadeo dije esto es el dolor

[5]
simultáneamente leo y escribo es lo justo las montañas
aprueban por exceso la noche cierra un ojo con el otro
me contempla no hay nada alrededor hay flores de plástico
purgatorio a punto de cerrarse y puertas y ventanas la luz
se impacienta el tiempo destruye los relojes ¿puedo hablar?
no es necesario las páginas arden tu lámpara se quema
yo me desnudo dejo que el frío encienda mi pene